Como veníamos contando en la primera parte, llegó a la vida del documental el tema del pago de las licencias de uso de las obras musicales que deseábamos sincronizar.

Juiciosamente, escribimos a las sociedades de gestión colectiva colombianas encargadas de administrar los derechos patrimoniales de los autores, y la verdad, cosa que todavía nos parece imposible de creer, la cotización total de las licencias de uso de las canciones ascendió a un valor de $12.000.000 de pesos colombianos aproximadamente.  No me equivoqué, se los escribo en letras: “doce millones de pesos colombianos”.  Algo equivalente a construir una casa de interés familiar.

¿Y por qué todo ese dinero?  Porque el uso de cada pieza musical se compone de dos derechos: el que concede el compositor de la canción y el que concede el productor fonográfico.  Como quien dice, el autor pedía un millón de pesos por una licencia y el productor fonográfico de la canción pedía aproximadamente lo mismo.  Entonces, multiplicando por seis piezas…. Casi nos da un infarto.

Todo esto ocurrió a las puertas de las convocatorias que abren los festivales de cine en el mundo y con dolor, frenamos en seco todo este proceso.

Decidimos empezar a comunicarnos con cada uno de los autores para negociar directamente los costos y hacerles notar que somos productores independientes y emprendedores, donde lo más grande que existe son las ilusiones y el deseo de hacer las cosas.

Escribimos muchos mensajes vía e-mail.  Fue un proceso que tomó su tiempo, sin embargo, muy difícil negociar y hasta difícil encontrar a los famosos.  ¿Qué hacer?

Una de las visitas, la que hicimos al Maestro Gustavo Adolfo Renjifo, autor de la canción “Caballito de Ráquira”, nos abrió la mente a la idea de preparar la música exclusiva para el documental, pues la música Andina apropiada debía estar lo más cerca posible a la meseta Cundi-Boyacense (en los Departamentos de Cundinamarca y Boyacá en Colombia) lugar de habitación de los indígenas muiscas y donde en efecto se ubica Ráquira, zona geográfica de desarrollo del cortometraje.

Estaba claro que desde el punto de vista musical de Gustavo Adolfo, no quedaba bien la sincronización de música andina Chilena o Boliviana.  En esto, personalmente disentí, pues Abya Yala (América) fue una sola desde siempre y hasta antes de la invasión ocurrida en 1492.

Luego de pensarlo mucho, decidimos reemplazar las melodías andinas “Alturas” de Intillimani y “Subiendo a la montaña” de Chimizapagua, por música andina propia del altiplano Cundi-Boyacense, algo que fuera de verdaderas raíces muiscas.

Hablamos con sociólogos, historiadores e incluso se visitó el Museo del Oro del Banco de la República en Bogotá, la capital de Colombia, yendo tras el rastro musical de nuestros ancestros… pero otra sorpresa llegó a nuestra mente con el propósito de sentarnos a meditar sobre la dura realidad que sufrieron los indígenas muiscas de la época del “descubrimiento”, “conquista” y “colonización” de nuestras tierras.

En la próxima entrega hablaremos de esto porque tantas emociones de un solo golpe no lo aguanta ningún corazón sensible.

 

Ella Yelithza Ponce Verjel

Productora Ejecutiva de “TYBSO, la guaca de Ráquira”

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